Cap. 4 - El chico misterioso

A la semana siguiente, tras unos días de descanso entre lecturas, paseos y conversaciones con su padre y sus amigas, Xara seguía obsesionada con el chico de la hamburguesería.

No era una obsesión romántica, al menos no en el sentido habitual. Era más bien algo visceral, como si en aquel instante fugaz hubiese intuido un código roto, una pieza fuera de lugar en el perfecto engranaje de la humanidad actual.

Cada tarde, tras finalizar sus clases, se sentaba en su estudio personal —una estancia luminosa, rodeada de estanterías holográficas y cubos de datos— para conectarse a la Red Global y buscar pistas. Utilizaba herramientas avanzadas de reconocimiento facial, ajustando los filtros con precisión quirúrgica: tono de piel ligeramente más claro de lo habitual, cabello castaño sin ondulación marcada, ojos rasgados, pero menos que la media, estructura facial afinada… Nada. Cientos de rostros pasaban ante sus ojos sin que ninguno coincidiera con el recuerdo tan vívido que guardaba.

Pero Xara no era de las que se rendían. El concepto mismo de «rendición» le resultaba ajeno. Nunca lo había comprendido del todo. ¿Por qué dejar de intentarlo cuando algo no es imposible? ¿Qué significa rendirse, si se puede seguir intentando?

Al fin, en la madrugada del cuarto día, lo encontró.

Fue revisando imágenes de eventos sociales del campus —casi como un acto reflejo, como quien hojea sin esperanza un libro ya leído— cuando lo vio en una fotografía grupal de una celebración de segundo curso de Control del Clima. Allí estaba. Era el mismo chico. Sonreía con naturalidad, rodeado de compañeros, en lo que parecía un ágape por algún logro académico.

Xara se quedó contemplando la imagen durante varios minutos. No sabía qué buscaba, pero sí sabía que no podía ignorar lo que la impulsaba a seguir.

La mañana siguiente amaneció despejada. Era jueves, día de formación presencial opcional. Aunque no era precisamente una amante de los madrugones —de hecho, tenía una habilidad natural para dormir profundamente hasta el último minuto—, esa mañana se levantó temprano.

Se duchó con rapidez, activó su cápsula de nutrición y seleccionó un desayuno energético con aroma de floraníes y textura de nuez lunar, una combinación que la ayudaba a concentrarse. Mientras comía, repasaba mentalmente su plan: asistiría solo a su primera clase y, después, se saltaría las dos siguientes para visitar la facultad de Control del Clima. Allí estudiaba el misterioso chico.

Avisó a sus amigas de que ese día no comería con ellas.

La primera clase del día trataba, como cada jueves en el primer periodo del curso académico, sobre «El Gran Cambio». Era su asignatura favorita, y no solo por el contenido: había algo espiritual en escuchar cómo la humanidad se había transformado desde sus raíces.

—Se trató de la primera ola que modificó globalmente a la humanidad —decía la grabación del profesor—. Desde entonces, la transformación ha continuado de forma gradual y acumulativa.

Xara asistía a la clase con los sentidos divididos entre el contenido y la inquietud que le hervía bajo la piel.

—En la antigüedad, la evolución era un proceso lento, caótico y azaroso. Algunas mutaciones favorecían la adaptación de una especie al medio, mientras otras se perdían o la llevaban a la extinción por incapacidad para adaptarse a los cambios del entorno. Hoy, los humanos somos arquitectos de nuestra propia evolución. Podemos optimizar cada nueva generación, gracias a los potentes procesadores nanogenéticos, a las necesidades del planeta y de la conciencia colectiva.

El edificio de la facultad de Control del Clima estaba diseñado como una espiral ascendente. Su forma permitía canalizar los flujos de aire para estudiar su comportamiento y facilitaba alimentar pequeños microclimas y sistemas meteorológicos internos.

Xara se situó en la parte alta de la escalinata exterior, junto al acceso principal, fingiendo que revisaba contenido en su comunicador. En realidad, su atención estaba dividida entre la puerta y los rostros que salían uno tras otro.

La espera se alargó. Pasaron decenas y decenas de estudiantes, algunos solos, otros en grupo, muchos riendo. Pero nada.

Y entonces, cuando ya consideraba irse, llegó la recompensa.

Bajaba con otros dos chicos, conversando con una sonrisa natural, como si su rostro no guardara secretos. Iban despacio, relajados, parecían no tener prisa por llegar a ningún lugar.

Xara lo reconoció de inmediato. Esa calma. Esa energía contenida.

Cuando los vio dirigirse a una de las entradas del Tubo, no dudó. Los siguió con discreción, mezclándose entre otros estudiantes. Descendieron al nivel subterráneo y subieron en una cápsula de levitación magnética, en un gusano. Xara tomó asiento a varias filas de distancia, oculta tras un campo de transparencia parcial que permitía cierta intimidad visual.

Tras tres estaciones, uno de ellos se despidió. En la siguiente parada, el chico misterioso también salió de la cápsula. Y justo, cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, Xara tomó una decisión instintiva: saltó fuera de la cápsula. Lo siguió con el corazón acelerado.

Las calles por las que caminaba eran tranquilas, adornadas con vegetación bioluminiscente que respondía a la presencia humana inclinando sus tallos. Tras unos diez minutos, lo vio entrar en una casa amplia, rodeada de un jardín armonizado con patrones florales inteligentes que se reconfiguraban en función de la temperatura del día.

Xara anotó la ubicación mentalmente. «Ya sé dónde vives» —pensó con una mezcla de emoción y pudor—. No era propio de ella hacer algo así, pero algo en su interior lo justificaba.

Decidió regresar a casa caminando. No era lejos, y necesitaba tiempo para procesar todo lo que había hecho.

Durante el trayecto, se sorprendió a sí misma. Había faltado a clase y había seguido a un desconocido. Notaba una mezcla de emoción y determinación que jamás había experimentado. Y le gustaba. Se sentía… viva.

Ya estaba a punto de llegar a casa cuando una voz la hizo detenerse en seco.

—¡Espera! ¡Por favor, espera un momento!

Xara se giró. El chico estaba ahí, a unos metros, acercándose con el ceño ligeramente fruncido, pero sin agresividad.

—Soy Alan —dijo con naturalidad—. Puede sonar raro, pero… ¿me has seguido desde la universidad hasta mi casa hace unos minutos?

Ella se quedó petrificada. Había imaginado este momento de mil formas, pero ninguna así de directa.

—Pues… sí —dijo dudando durante un instante—. No sé por qué lo hice, de verdad. No suelo actuar de esta forma —respondió con una sonrisa torpe.

Alan la observó, sin perder la calma.

—¿Y cómo te llamas, chica misteriosa?

—Xara. Perdón por no presentarme antes. Encantada de conocerte.

—Lo mismo digo. Aunque debo reconocer que no imaginaba que tuviera tanto magnetismo como para que alguien me siguiera a escondidas —bromeó él, con una sonrisa que desactivaba cualquier tensión.

Xara no supo qué responder. Solo se rio, algo avergonzada.

—¿Te parece si me das tu contacto y hablamos? Podemos vernos este fin de semana. Así charlamos con más calma.

Ella volvió a dudar. Por un momento recordó la escena de la hamburguesería. Esa reacción, tan imposible como real. Pero su curiosidad era más fuerte.

—Sí, claro —dijo, y le envió su contacto—. Mejor el sábado. El viernes ya tengo plan.

—Perfecto. Pensaré cómo te sorprendo.

Alan se despidió con una sonrisa sincera y comenzó a alejarse calle abajo. Xara se quedó observando cómo se alejaba, aún con el corazón latiendo acelerado.

Al llegar a casa, su padre la saludó desde el salón. Estaba sentado junto a una recreación virtual de su antigua mascota, acariciando el aire con ternura. El sofá flotante brillaba en un suave tono marrón, a juego con el pelaje del animal.

Xara le devolvió el saludo con una sonrisa rápida y subió directamente a su habitación.

Tenía un nombre, una dirección una cita… Y demasiadas preguntas.

Novedades por correo

¿Quieres que te avise cuando publique un nuevo capítulo o un nuevo libro?

Déjame tu alias y tu correo electrónico. Solo te escribiré para avisarte de nuevas publicaciones.

Sin spam. Puedes retirar tu consentimiento cuando quieras.

Comentarios

Sé el primero en comentar este artículo.