Año 2050.
Las alianzas internacionales se resquebrajaban y las amenazas entre los principales líderes se sucedían. Cualquier incidente podía desencadenar una reacción imposible de detener.
—¿Qué estaría dispuesto a hacer para evitar la guerra?
Walter Chen, secretario general de las Naciones Unidas, no respondió. El doctor Albert Narrow seguía de pie frente a él.
—Los dos sabemos lo que ocurrirá si comienza —continuó Narrow—. Esta vez no habrá vencedores.
Walter señaló el sofá reservado a las visitas.
—Siéntese.
Narrow ocupó el sofá y Walter se sentó frente a él. Aquella mañana, el científico había llamado para exigirle una reunión inmediata, sin explicar el motivo. La cita estaba fijada para las cinco, pero había llegado quince minutos antes. Walter había tardado unos segundos en reconocerlo: estaba mucho más delgado que en las fotografías y las conferencias que recordaba, con los pómulos marcados y el cabello gris revuelto. Apenas habían intercambiado un saludo antes de que le hiciera aquella pregunta.
—Nada me gustaría más que impedirla —dijo Walter—. Llevo meses haciendo todo lo posible y alguna que otra cosa que, hasta hace poco, habría considerado imposible.
—Lo sé. Por eso estoy aquí. Le pido que escuche hasta el final antes de descartar lo que voy a proponerle.
—Eso dependerá de lo que me cuente.
Narrow asintió y dejó una carpeta amarilla sobre la mesa que los separaba. Walter la miró sin tocarla.
—Mi equipo y yo llevamos más de diez años trabajando en este proyecto —dijo el científico.
—¿Y qué tiene que ver con evitar la guerra?
—Podría impedirla. Si iniciamos el proceso, no podremos detenerlo. El cambio afectará a toda la humanidad.
Walter consultó el reloj de la pared.
—Doctor Narrow, tengo poco tiempo. Vaya al grano.
—Las guerras son una consecuencia. Lo mismo que la persecución, el fanatismo o buena parte de la violencia que ha acompañado a nuestra especie desde sus orígenes. Llevamos miles de años intentando contenerla mediante leyes, religiones, educación, castigos… y aquí estamos.
—No necesito una lección de historia.
—Hemos intentado corregir mediante la cultura algo que, al menos en parte, tiene una base biológica.
—¿Está diciendo que la guerra está en nuestros genes?
—Determinados rasgos relacionados con la agresividad, el tribalismo, la dominancia o la respuesta ante quienes consideramos distintos tienen componentes biológicos. Hemos aprendido a intervenir sobre ellos.
Por primera vez, Walter miró la carpeta con interés. Narrow la empujó hacia él.
—Ábrala.
Walter vaciló antes de hacerlo. Narrow había sido considerado uno de los virólogos y genetistas más brillantes del siglo XXI, aunque su prestigio no lo libraba de la controversia. Para algunos era un visionario; otros creían que jamás se le debería haber permitido acercarse a un laboratorio. En 2040, poco después de recibir su segundo premio Nobel, había abandonado Stanford y se había retirado casi por completo de la vida pública.
Walter abrió la carpeta. Encontró informes de laboratorio, mapas genéticos, imágenes cerebrales y páginas de resultados que apenas podía interpretar. Se detuvo en una de ellas.
—¿Un virus? —preguntó al levantar la vista.
—Un vector viral.
—Llámelo como quiera.
Narrow no discutió. Según los informes, el vector había sido diseñado para alterar la expresión de determinados genes relacionados con la agresividad y otras respuestas conductuales. Actuaba sobre neuronas de la amígdala y la corteza prefrontal, reducía la violencia reactiva y favorecía respuestas empáticas y racionales. La documentación afirmaba, además, que la modificación era heredable y se transmitiría a las generaciones posteriores.
Walter pasó varias páginas.
—Están hablando de modificar el cerebro de las personas.
—De intervenir sobre ciertos mecanismos biológicos que condicionan su conducta.
Walter cerró la carpeta.
—Eso es modificar a las personas.
—Sí.
Walter no esperaba una admisión tan directa. Narrow se inclinó hacia él.
—Imagine un mundo en el que la violencia, el odio y el deseo de hacer daño dejaran de formar parte de nuestra naturaleza. No hablo de educar a las personas para que controlen esos impulsos. Hablo de reducir los propios impulsos.
—¿También en nuestros gobernantes?
—Sobre todo en nuestros gobernantes.
Walter apartó la carpeta.
—Desde hace décadas sabemos que no existe un «gen del mal». La conducta humana depende de la biología, sí, pero también del entorno, de la educación, de la experiencia. ¿De verdad pretende decirme que han resuelto todo eso con un virus?
—La educación y la experiencia seguirán importando. Pero pueden contener o fomentar la agresividad porque existe una capacidad biológica para ella. Hemos aprendido a intervenir sobre esa capacidad. Eso no convierte automáticamente a nadie en una buena persona.
—Y usted cree que puede alterar esa capacidad.
—Sé que podemos hacerlo.
La seguridad con que hablaba empezaba a irritar a Walter.
—¿Es consciente de las consecuencias que podría tener una modificación de esa magnitud? No me refiero solo a lo que esperan conseguir, sino también a lo que no han previsto.
—Me preocupan desde hace diez años. —Narrow señaló la carpeta—. Por eso hemos realizado miles de pruebas. El diseño actual no tiene nada que ver con el primero. Hemos corregido errores, descartado variantes y estudiado los efectos secundarios durante años. Los resultados con primates han sido concluyentes.
Hizo una pausa.
—Y con humanos, aún más.
—¿Ha experimentado con personas?
Narrow le sostuvo la mirada.
—Sí.
—Espero que tenga una explicación extraordinariamente buena.
—En los primeros ensayos, algunos sujetos mostraron una reducción excesiva de la iniciativa. Otros desarrollaron una fuerte aversión al conflicto. Corregimos ambos efectos. El diseño actual es estable.
—¿Y pretende que eso me tranquilice?
—Pretendo que entienda que no estamos hablando de una hipótesis.
Walter volvió a abrir la carpeta, pero apenas prestó atención a los resultados. Pensaba en los millones de personas a las que pretendían alterar sin su conocimiento. La cerró.
—¿Qué quiere de mí?
—Necesitamos su colaboración. Tenemos el vector y el protocolo preparados. Usted tiene acceso directo a prácticamente todos los líderes mundiales. Una transformación de esta magnitud no se limitará a reducir la violencia: tendrá consecuencias políticas, económicas y sociales. Durante los primeros meses, quizá durante años, necesitaremos coordinación.
—¿Me está diciendo que todo esto depende de mi decisión?
—En buena medida, sí.
Walter se levantó.
—Está completamente loco.
—Es posible. Pero eso no convierte mis datos en falsos.
—Ha venido al secretario general de las Naciones Unidas para anunciarle que un grupo privado dispone de un virus capaz de alterar la conducta de toda la especie humana y que está considerando liberarlo.
—He venido a pedirle que nos ayude a evitar una guerra que puede acabar con la humanidad.
—No utilice la guerra para disfrazar lo que está proponiendo. Si no estuviéramos al borde de una, ordenaría que lo detuvieran ahora mismo.
Tras un silencio, Walter volvió a sentarse.
—Supongamos que liberan el vector. ¿Cuándo empezarían a notarse los efectos?
—Aproximadamente dos semanas después.
—¿Y qué ocurriría?
—Dependerá de cada persona. Conservarán sus recuerdos, deseos, opiniones y ambiciones. Podrán enfadarse, discutir, competir. Pero determinadas respuestas extremas perderán fuerza. Si funciona como esperamos, la violencia disminuirá de forma radical, igual que muchas formas de fanatismo y de imposición cultural, religiosa o ideológica.
—Está hablando de cambiar la civilización. ¿Se lo han aplicado ustedes?
Narrow no respondió enseguida.
—¿A usted, a su equipo, a quienes han financiado todo esto? ¿O el riesgo solo era aceptable cuando lo corrían otros?
—Todo mi equipo fue modificado hace meses. También yo y quienes financiaron el proyecto.
Walter lo observó con atención. No advirtió ningún signo de la modificación, y eso le inquietó aún más.
—También hemos trabajado con miembros de grupos fundamentalistas enfrentados —continuó Narrow—, con terroristas y con personas condenadas por delitos violentos. Incluso con individuos de comunidades enfrentadas desde hacía generaciones. Los resultados están documentados.
—¿Ellos sabían que formaban parte de un experimento?
Narrow guardó silencio.
—¿Dieron su consentimiento?
—No todos.
—Dios mío. —Walter se puso en pie.
—Antes de juzgarlo, piense en quienes nunca pudieron elegir: los niños que nacen en una guerra, los refugiados, las víctimas de abusos, de genocidios, de gobiernos corruptos. Ninguno eligió lo que otros hicieron con su vida.
—Eso no le da derecho a decidir por ellos.
—No. Pero tampoco resuelve el problema.
Walter caminó hasta la ventana. Al otro lado del cristal, los coches seguían circulando y la gente regresaba a sus casas. Nada en aquella rutina hacía pensar en una guerra.
—¿Qué ocurre con la capacidad de rebelarse, de cuestionar una orden, de enfrentarse a una injusticia? Si eliminan demasiado, podrían conseguir una humanidad pacífica porque nadie fuese capaz de oponerse a nada.
—Esa aversión al conflicto fue uno de los problemas que corregimos.
—¿Y está seguro de haber encontrado el límite?
—Con los datos que tenemos, sí.
—¿Qué clase de humanidad pretende crear?
Narrow tardó en responder.
—Una que pueda sobrevivir.
Walter volvió a mirar por la ventana. Pensaba en los informes que recibía cada mañana, en las amenazas cruzadas, en las reuniones que terminaban sin acuerdos y en los cálculos sobre víctimas que ya se manejaban en varios gobiernos. Seguía sin confiar en Narrow.
—Si decidiera ayudarle —dijo—, y no estoy diciendo que vaya a hacerlo, ¿puede garantizarme que este cambio no acabará convirtiéndose en otra forma de someter a las personas?
Narrow se levantó.
—No puedo garantizarle eso. Pero, si no hacemos nada y comienza la guerra, puede que no quede nadie para discutir si teníamos razón.
Walter sostuvo su mirada. Había negociado con dictadores y participado en conversaciones de paz cuando otros ya daban la guerra por inevitable. Estaba acostumbrado a elegir entre opciones malas.
Pero nunca había tenido que decidir por toda la humanidad.
