Año 1001 de la Era Planetaria
Un milenio después de «El Gran Cambio». En el planeta habitan unos cuarenta y cinco mil millones de personas que conviven en paz bajo un único gobierno: el Gobierno Global.
Entre ellas está Xara, una joven de veintiún años que cursa primero de Historia de las Civilizaciones. Vive con su padre, Robert, de ochenta y tres años. Desde muy niña, le ha fascinado bucear entre la ingente cantidad de información disponible en las bibliotecas virtuales de la Red Global e investigar sobre el pasado del planeta.
En su tiempo libre, lee o escucha antiguos libros computarizados, revisa material audiovisual, fotografías y documentos antiquísimos que la ayudan a imaginar el modo de vida y los anhelos de quienes los protagonizaron siglos atrás. Es plenamente consciente de que esas personas eran muy distintas, pues vivieron antes de «El Gran Cambio», y por eso le interesa tanto tratar de comprenderlas. En la mayoría de los casos, eran figuras anónimas que jamás imaginaron que sus vidas despertarían tanta curiosidad casi mil años después de su muerte.
Desde pequeña, mantiene largas charlas semanales con su padre sobre los hallazgos que va haciendo, y disfruta enormemente de sus magistrales lecciones. Robert es un entusiasta investigador y profesor en la Facultad de Historia de la Universidad General de Toledium. Sin duda, ella ha heredado su pasión por comprender el pasado de la humanidad; incluso la supera. La época en torno a «El Gran Cambio» es su favorita de toda la historia humana, y es también la que más ha estudiado y mejor conoce.
Amanece un nuevo día en Toledium, la ciudad donde Xara ha vivido desde niña junto a su padre. Se encuentra en la región de Iberia, dentro del área de Uropia. Es una ciudad tranquila, verde y limpia, como el resto del planeta. Se extiende sobre una gran superficie en la que se entremezclan calles repletas de viviendas bioclimáticas, árboles de copa ancha con frutos comestibles, jardines fértiles mantenidos por drones agrícolas y una variada oferta de locales de servicios y ocio.
La ciudad se alimenta exclusivamente de energías renovables mediante láminas fotovoltaicas de película fina, profundos pozos geotérmicos y torres eólicas, con almacenamiento en bancos subterráneos de alta capacidad. A escala planetaria, inmensas centrales de fusión nuclear proporcionan la potencia continua que requieren los grandes consumidores: macrocentros industriales y superordenadores cuánticos que alojan las inteligencias artificiales encargadas de gestionar todos los sistemas del planeta.
Xara se levanta de la cama de un salto, con una gran sonrisa. Es jueves, el último día de clases de la semana, que ha sido especialmente exigente. La textura autorregulable de la cama se adapta de inmediato tras su salida. Mientras se despereza, la suave luz del Sol comienza a invadir su habitación, acompañada por el canto de aves que ha programado para que le recuerden un bosque mediterráneo, con sus agradables aromas.
Apenas lleva un mes en la universidad y aún le cuesta adaptarse. En la Escuela Superior, se conectaba a sus clases durante tres horas diarias, pero ahora, el aprendizaje guiado de la facultad se prolonga entre cuatro y cinco horas, según el día, sin contar el tiempo de estudio adicional.
Las clases telemáticas se imparten a través de la plataforma planetaria única de realidad virtual, integrada en la Red Global. Constan de una primera parte grabada, que explica los contenidos del día, y una segunda sección interactiva, en la que los alumnos participan en directo junto al profesor para profundizar, debatir y resolver dudas. Cada sesión se desarrolla en espacios inmersivos que simulan los escenarios históricos o conceptuales que estudian.
Todo podría hacerse mediante inteligencias artificiales, pero el contacto humano es importante en esta sociedad, y los profesores aportan gran valor, aunque las utilicen para todo su trabajo diario, aumentando así la productividad de forma exponencial.
Hoy le toca asistir a tutorías presenciales, un formato no obligatorio, pero muy valorado por los estudiantes, ya que les brinda la oportunidad de relacionarse en persona, con cercanía y fraternidad. Para Xara, que es muy sociable, es un día especial.
Al finalizar las clases se reunirá con sus amigas Carol y Raquel. Suelen comer juntas en el que ya es su restaurante favorito del campus.
Las tres se conocen desde la infancia, han sido vecinas y han compartido aula en todas las etapas educativas anteriores. Este curso, sin embargo, cada una ha elegido una carrera distinta: Raquel estudia Sistemas de Computación Cuántica, Carol se ha decantado por Arte Electrónico Fruncial, y Xara, por su pasión: Historia de las Civilizaciones.
La primera clase del día trata sobre «El Gran Cambio». En ella se analiza cómo la modificación genética de la humanidad dio origen a la Era Planetaria y, según algunos estudiosos, a una nueva especie humana; otros, sin embargo, sostienen que fue simplemente un paso más en la evolución del Homo sapiens.
La asignatura no solo se centra en el momento en que se produjo la transformación, sino también en las décadas posteriores, marcadas por profundas transformaciones sociales, económicas y culturales, así como en los acontecimientos previos que la desencadenaron.
Xara domina el tema, pero aun así le apasiona asistir a estas clases. Nunca se cansa de hablar ni reflexionar sobre ello.
Cuando entra en el aula, la grabación inicial ya ha comenzado.
—En la actualidad, nos resulta casi imposible imaginar cómo eran los seres humanos antes de «El Gran Cambio» —dice la voz del profesor desde la plataforma.
Xara se disculpa con un gesto y se sienta rápidamente en su lugar preferido: primera fila, al lado derecho del aula. El mobiliario se ajusta automáticamente a su ergonomía. Las paredes están cubiertas por paneles de simulación visual que muestran escenas cambiantes: hoy, una reconstrucción urbana del siglo XXI.
—Aunque la mayoría de las personas eran consideradas «buenas», según los valores de su época —prosigue la grabación—, sus comportamientos diferían sustancialmente de los nuestros. La transformación genética global, iniciada por la primera versión del virus NsQ01, provocó un cambio radical en las emociones e impulsos violentos y negativos en general, desde el leve incumplimiento de las normas básicas hasta los delitos más graves, como el asesinato o la violación, de los que habrán oído hablar, y que hoy en día nos cuesta tanto imaginar…
Mientras escucha, Xara no puede evitar que su imaginación vuele. Se ve a sí misma en distintos contextos, recreando cómo se sentían aquellas emociones previas al cambio. Experimentarlas ya no es posible, ni para ella ni para nadie de su época. Es curioso: siente una extraña nostalgia por algo que jamás vivió y que, en el fondo, considera negativo.
—También es importante destacar que, con el cambio, no se perdió la esencia del ser humano —continúa la voz del profesor—, pese a lo que argumentaron algunos expertos en los primeros tiempos tras este. De hecho, uno de los efectos colaterales más sorprendentes, fue el fortalecimiento de emociones como el amor, la amistad o la felicidad. Para nosotros, estos sentimientos son habituales, pero todos los estudios nos indican que antes eran más débiles. Fue como si, al ser liberados de la pesada carga de los instintos negativos, los positivos cobraran más fuerza. Expandiéndose como un gas en nuestra mente, ocupando el espacio que habían dejado libre la violencia, el odio y el resto de emociones oscuras…
Tras la mañana de clases, las tres amigas se reúnen a la salida de la Facultad de Medicina Regeneradora, próxima a su restaurante favorito y situada justo en el punto medio entre sus respectivas facultades.
Como de costumbre, la primera en llegar es Xara. Mientras espera, absorta en sus pensamientos, se fija en un chico al que no había visto antes en el campus. En ese momento experimenta algo extraño: es como si mirarlo le produjera una calma infinita. Lo curioso es que no tiene nada particularmente llamativo, salvo su piel, ligeramente más clara de lo habitual.
En esta época, los rasgos físicos de los humanos son bastante homogéneos. La piel suele tener un tono caramelo, aunque hay variaciones; los ojos son rasgados y más bien claros; el cabello, ondulado y predominando el color castaño; la nariz proporcionada y los labios gruesos. Se podría decir que representan una mezcla armónica de las antiguas diferencias étnicas de la humanidad.
Pocos minutos después, llegan Carol y Raquel, sacando a Xara de su estado de ensimismamiento.
—Venga, vamos a la hamburguesería Mille. Queréis lo de siempre, ¿verdad? —pregunta Xara con una sonrisa.
—Claro, ¡lo de siempre está bien, para qué innovar! —responden Raquel y Carol a la vez, entre risas.
—Perfecto. ¡Hamburguesas de pollo, tiburón y terco… en camino! Ya estoy haciendo el pedido —dice Xara, mientras interactúa con su comunicador personal.
Se trata de una herramienta básica para casi todas las actividades cotidianas. Cada persona se identifica mediante su huella digital genética para acceder a su comunicador, que es de uso personal e intransferible. El pedido llega directamente a la cocina del restaurante, donde brazos robóticos preparan cada plato con ingredientes cultivados en entornos controlados.
Ya en el restaurante y con la comida en la mesa, las tres amigas conversan sobre las novedades de la semana. Están emocionadas con lo que están aprendiendo en esta nueva etapa universitaria.
Raquel sueña con formar parte del sistema de computación cuántica que gestiona el movimiento de todos los droncar a escala planetaria, algo que le fascina desde niña. Tendrá que estudiar mucho: son sistemas muy complejos y, aunque están controlados por inteligencias artificiales, la intervención humana sigue siendo clave para tomar decisiones estratégicas y mejorar la experiencia de los usuarios.
Carol, por su parte, siempre ha sido una apasionada del arte, especialmente del arte fruncial, una disciplina que ha florecido en las últimas décadas. Se basa en combinar movimientos o sensaciones con cambios en estructuras digitales o físicas. Estas estructuras se «fruncen», generando respuestas visuales, sonoras, táctiles y aromáticas. Pueden proyectarse en espacios envolventes o tener soporte material tangible. La experiencia sensorial varía en función del estado de ánimo del espectador, su ritmo cardíaco, sus gestos… generando así formas, sonidos, colores y aromas completamente personalizados.
Todo esto lo explica Carol con entusiasmo, mientras las tres disfrutan del almuerzo y se relajan tras las clases.
Pero, de pronto, el chico que Xara había visto antes irrumpe en el local con una energía ligeramente nerviosa. La puerta de la hamburguesería se abre con un leve tintineo metálico, y al instante, Xara lo detecta como si una fuerza invisible y poderosa, una atracción macromagnética, los uniera en ese preciso instante. Su mirada se fija en él sin poder apartarla, como hipnotizada.
El local es un ejemplo curioso de una nueva moda: un local estilo «arcaico», donde personas atienden a los clientes, cuando lo habitual es que lo hagan máquinas automatizadas. En la ciudad, este tipo de lugares había resurgido como un guiño nostálgico a tiempos pasados, un retorno voluntario a una interacción humana más tangible. Las paredes estaban revestidas con paneles de madera clara y luces cálidas que creaban una atmósfera acogedora y ligeramente rústica, un contraste con la sofisticación tecnológica habitual del entorno.
El chico se acerca al mostrador con pasos firmes, pero su rostro mostraba una ligera tensión que se volvió evidente en el instante siguiente. Cuando le entregan su pedido, estalla en una queja breve pero intensa, la voz alzada, y el rostro un tanto desencajado.
—¡Quería hamburguesa de pollo, no de ternera! ¿Tan difícil es entender la diferencia? —exclamó, con sus palabras resonando en el pequeño espacio.
Pero en cuestión de un instante, su expresión se suaviza abruptamente, los músculos de su rostro se relajan, y en un susurro apenas audible, añade con una calma repentina:
—Todo está bien. No se preocupe.
El empleado, joven y acostumbrado a un servicio preciso, no entiende qué ha sucedido. Aquello era extraño, pero no le da mayor importancia y continúa con su trabajo. Mientras tanto, el chico recoge su bandeja con una naturalidad fingida y se dirige hacia una mesa, disimulando, aunque sus ojos no dejaban de observar a su alrededor con discreción y tensión contenida.
La escena es breve, casi imperceptible para la mayoría de los clientes que charlaban o disfrutaban de su comida, pero para Xara queda grabada con una intensidad inusitada. Aquella reacción contenida y contradictoria le recuerda a algo que, desde hacía tiempo, solo existe en los textos históricos: la ira. Una emoción extinguida en su tiempo, un vestigio de una humanidad anterior que hoy parecía lejano y casi mítico.
—¿Os habéis fijado en la reacción tan extraña que ha tenido ese chico? —preguntó Xara a sus amigas, con la voz cargada de sorpresa.
Pero Carol y Raquel, absortas en su conversación, apenas levantaron la vista y no prestaron atención.
Xara no puede dejar de pensar en lo que acababa de presenciar. Aquello se parecía demasiado a la ira auténtica —reflexionó—. Esa emoción que ya no existe, pero sobre la que ha leído y estudiado mucho, intentando comprenderla desde una perspectiva histórica y antropológica.
—Xara, ¿estás bien? —intervino Carol, notando la distracción de su amiga—. Hoy ni siquiera nos has recordado lo de los sabores de la carne.
—Sí, perdonad —respondió Xara con una sonrisa, ligeramente avergonzada—. Siento ser tan pesada con mis obsesiones. Debéis estar aburridas de mis historias.
Sus amigas no compartían la pasión profunda de Xara por los vestigios del pasado, pero siempre la escuchaban con una curiosidad amable y respetuosa. Como cuando les contaba que la carne, que ahora se producía en macrofactorías sintéticas y altamente controladas, en tiempos anteriores se obtenía criando y sacrificando animales reales.
Durante el resto de la comida, Xara siguió observando al chico con disimulo, tratando de captar cualquier detalle o gesto que pudiera revelar algo más sobre su temperamento o estado interior. Sin embargo, él no volvió a hacer nada fuera de lo común. Su comportamiento se mantuvo dentro de los límites de la normalidad aparente, dejando a Xara con la inquietud y el misterio de aquella breve explosión emocional contenida.
Al terminar de comer, las tres amigas salieron juntas del restaurante y se dirigieron hacia una zona de césped cercano, un pequeño oasis verde en medio del bullicio urbano. Allí se acomodaron, y pasaron la tarde conversando con tranquilidad.
Mientras charlaban, su diversión se centró en crear holomúsica, una experiencia colaborativa que nacía al combinar las señales de sus comunicadores personales. Las melodías surgían como ondas invisibles que se entrelazaban en el aire, tejiendo capas sonoras que solo ellas podían percibir. Cada nota parecía reflejar un fragmento de su estado de ánimo, un lenguaje intangible pero poderoso que unía sus pensamientos y emociones en una danza sonora.
Con el anochecer, la temperatura descendió suavemente y decidieron que era hora de regresar a casa. Habían disfrutado de aquella tarde más de lo habitual, como si cada momento les regalara un respiro necesario en medio de sus vidas. Caminando juntas hacia la entrada más cercana del Tubo, compartieron risas y miradas cómplices. La amistad se fortalecía con esos instantes simples y sinceros.
Subieron a la misma rama del Tubo. En poco más de veinte minutos Xara llegó a su parada habitual. Mientras salía a la calle y caminaba los últimos metros hasta su casa, el recuerdo del chico de la hamburguesería volvió a su mente con fuerza inesperada. No lograba descifrar qué había desencadenado aquella reacción tan fuera de lo común, pero estaba segura de que algo en él no encajaba con el comportamiento sosegado y predecible de los humanos de su tiempo.
Aquella escena se instaló en su interior con la fuerza de un latido insistente. No podía, ni quería, ignorarla. Sabía que necesitaba comprender lo que había visto, descubrir la verdad oculta tras esa chispa de ira antigua. De lo contrario, su mente no encontraría reposo. Su curiosidad, siempre insaciable, ya había marcado el rumbo de una nueva búsqueda.
El Tubo es una vasta y sofisticada red subterránea que serpentea bajo la ciudad y se extiende conectando cada rincón urbano con una eficiencia impresionante. Por sus túneles circulan los llamados gusanos, vehículos formados por entre diez y treinta cápsulas individuales de levitación magnética que se deslizan sin fricción ni ruido. Estas cápsulas, diseñadas para funcionar de manera completamente autónoma, son gestionadas por un subsistema avanzado del sistema global que controla todos los transportes planetarios.
Cada cápsula ofrece a sus ocupantes una experiencia sensorial cuidadosamente diseñada para ser neutra y confortable. El interior es un santuario de silencio, donde ni el más mínimo sonido perturba la calma. La temperatura se regula automáticamente para mantener un ambiente perfecto. Las paredes de la cápsula son inteligentes: pueden opacarse para garantizar privacidad total, o bien transformarse en pantallas que proyectan paisajes naturales simulados, desde frondosos bosques hasta tranquilos lagos al atardecer, creando un refugio visual que calma la mente durante el trayecto.
Esta red está coordinada por gigantescos sistemas de inteligencia artificial alojados en potentes máquinas de computación cuántica, distribuidos en millones de nodos uniformemente repartidos a lo largo del planeta. Estos sistemas gestionan con precisión milimétrica todos los desplazamientos, sincronizando conexiones para que los tiempos de espera rara vez superen los diez segundos. La precisión y fluidez de este entramado permiten a los habitantes desplazarse sin esfuerzo ni demoras, transformando la movilidad cotidiana en una experiencia casi imperceptible.
El Tubo conecta todas las secciones de la ciudad mediante una malla perfecta, y está equipado con intercambiadores que enlazan con el Gran Tubo, la red de transporte de larga distancia que atraviesa el planeta por debajo de continentes, mares y océanos, uniendo ciudades y regiones remotas en un flujo constante y eficiente.
Además del Tubo, otro medio de transporte muy popular es el droncar, un vehículo autónomo aéreo que es la opción habitual para viajes personalizados. Basta con que el pasajero indique su destino y preferencias, y el droncar responde volando de forma rápida y completamente segura. Estos vehículos son altamente adaptables, capaces de proyectar música ambiental, entornos interiores personalizados o incluso aromas sutiles durante el viaje, haciendo que cada trayecto sea una experiencia única y placentera.
