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LA DEGRADACIÓN DE LA POLÍTICA: DE FÁTIMA BÁÑEZ A IRENE MONTERO


La muerte de Fátima Báñez nos ha devuelto durante unos días la imagen de una política que hoy parece pertenecer a otra civilización: una ministra podía soportar dos huelgas generales convocadas por un adversario, volver a sentarse con él y terminar convirtiéndose en su amiga. No porque ninguno renunciara a sus ideas, sino porque ambos comprendían que la democracia consiste en enfrentarse sin necesidad de odiarse.

Cándido Méndez no era un sindicalista domesticado ni un figurante contratado para asentir detrás de la ministra. Era secretario general de la UGT, militante socialista y promovió dos huelgas generales en 2012 contra el Gobierno del que Fátima Báñez formaba parte. Dos, no una. Sin embargo, describió después la huelga como «un paréntesis entre dos procesos de diálogo». La frase contiene más cultura democrática que varios programas electorales, dos ministerios y la cuenta completa de Óscar Puente en Twitter.

No hace falta canonizar a Fátima Báñez. Su reforma laboral fue duramente contestada, adoptó decisiones discutibles y cometió errores, como cualquier persona que gobierna de verdad. Pero precisamente ahí está la diferencia. Un político con talento no es quien jamás se equivoca, quien consigue que nadie proteste o quien transforma cada comparecencia en una ceremonia de autoadmiración. Es quien conoce la materia, escucha, soporta la discrepancia, defiende sus decisiones y continúa hablando con quienes desean derogarlas.

Báñez tenía formación, capacidad de trabajo y una obsesión reconocible por resolver problemas concretos. Después de aquellas huelgas, el Ministerio y los sindicatos reanudaron el diálogo y promovieron iniciativas contra el desempleo juvenil. Logró que la Unión Europea financiara parte de las cotizaciones sociales de jóvenes con dificultades para acceder al mercado laboral. El Gobierno posterior eliminó aquellos contratos y dejó en nada buena parte de ese esfuerzo. No porque hubieran dejado de funcionar, sino porque llevaban la firma del adversario: destruyeron algo útil por el pecado imperdonable de haberlo creado el Gobierno anterior.

Así llegó la nueva política. Si una medida lleva la firma del enemigo, primero se destruye y luego, si queda tiempo, se pregunta si funcionaba. Lo importante ya no es conservar lo útil, corregir lo defectuoso o evaluar los resultados, sino borrar cualquier huella del anterior Gobierno para inaugurar otra cosa con un nombre más largo, una campaña institucional más cara y una fotografía en la que todos parezcan profundamente transformadores.

Después llegó Irene Montero. Y no hace falta insultarla para señalar la diferencia: basta con escucharla. Convirtió «Hermana, yo sí te creo» en consigna política, como si la función de un ministerio y la de un tribunal consistieran en creer por afinidad, en lugar de proteger a las víctimas, investigar los hechos y juzgar con garantías. Poco después elevó todavía más el pensamiento político nacional explicando en la televisión pública que «es mucho más difícil encontrar a un tío que te coma bien el coño». Cada época escoge las frases con las que desea pasar a la historia. Unos hablaban de reconciliación nacional, desempleo, productividad o pactos sociales; otros actualizan el baremo del sexo oral en horario de máxima audiencia. Luego nos preguntamos por qué los ciudadanos respetan cada vez menos a sus representantes.

Su Ministerio también utilizó campañas y mensajes institucionales pagados con dinero público para perseguir a influencers, presentadores y tertulianos que no se mostraban dóciles ante su discurso. El ejemplo más evidente fue «¿Entonces quién?», una campaña de casi 2,8 millones de euros que recreó mediante actores intervenciones fácilmente reconocibles de Pablo Motos y ElXokas para convertirlos en ejemplos públicos de machismo. No se limitaba a combatir unas ideas: señalaba a personas concretas. El contraste resulta difícil de mejorar. Fátima Báñez fue capaz de fraguar una amistad profunda con el sindicalista que promovió dos huelgas generales contra su Gobierno; Irene Montero utilizó el presupuesto del Estado para impartir escarmientos mediáticos a quienes se apartaban de su catecismo. Una hizo del desacuerdo el comienzo del diálogo; la otra, el motivo de una campaña publicitaria.

La vulgaridad, por sí sola, no es el problema. Una persona puede hablar con toda la crudeza que quiera y ser una magnífica gobernante. El problema aparece cuando, detrás de la provocación, no existe competencia. La ley del «solo sí es sí» perseguía un objetivo legítimo, pero fue técnicamente desastrosa: según los datos del Consejo General del Poder Judicial, produjo al menos 1.205 reducciones de condena y 121 excarcelaciones. No fue un bulo de la extrema derecha, una conspiración de jueces machistas ni una interpretación creativa de los medios. Fueron resoluciones judiciales provocadas por una ley que el propio Gobierno acabó reformando.

Un político con talento detecta el error, lo reconoce y lo corrige. Un político dominado por la ideología culpa a los jueces, acusa a quienes lo advirtieron y presenta el desastre como una demostración de valentía. La aplicación de la ley puede estar sacando antes de prisión a agresores sexuales, pero el eslogan continúa intacto, que es lo verdaderamente importante.

Lo diré sin la anestesia habitual: Irene Montero y Yolanda Díaz no tienen el talento político de Fátima Báñez. Ni de lejos. Pueden tener títulos universitarios, experiencia partidista, capacidad para ocupar titulares y una extraordinaria habilidad para presentarse como protagonistas de acontecimientos históricos que casi nadie recuerda dos semanas después. Pero eso no es talento para gobernar.

Yolanda Díaz afirmó que le encantaría que una limpiadora o un albañil pudieran ser ministros. Naturalmente que podrían serlo. Una limpiadora puede formarse, adquirir experiencia y demostrar más inteligencia que todo un Consejo de Ministros reunido. El oficio anterior no descalifica a nadie, pero tampoco lo convierte automáticamente en competente para dirigir una estructura con miles de trabajadores, miles de millones de presupuesto y capacidad para cambiar la vida de millones de personas. Un ministerio no es un premio a la representación sociológica ni un decorado en el que colocar profesiones para que todos los colectivos se sientan simbólicamente incluidos. Gobernar exige conocimientos, experiencia, criterio y una capacidad de gestión que no viene incorporada en ninguna nómina, sea la de una limpiadora, la de un abogado o la de una profesora universitaria.

Sería falso negar que durante el mandato de Díaz se alcanzaron acuerdos importantes, como los relativos a los ERTE o la reforma laboral. Pero el talento político no se demuestra únicamente consiguiendo una fotografía cuando todos firman. También se demuestra manteniendo el respeto cuando alguien se niega a hacerlo. El Gobierno del que Báñez formaba parte afrontó dos huelgas generales y ella siguió hablando con Méndez. La nueva política recibe una discrepancia y empieza a repartir certificados de fascismo, insolidaridad o enemistad con el pueblo.

Óscar Puente representa la fase terminal del proceso: el ministro convertido en tertuliano permanente y su cuenta de Twitter transformada en una extensión oficial del despacho. En lugar de proyectar serenidad, capacidad técnica y responsabilidad institucional, practica el combate diario contra políticos, periodistas y usuarios anónimos. Incluso encargó recopilar un informe de 195 folios con los insultos que había recibido. Kafka con wifi: un ministerio elaborando el inventario de las cosas desagradables que dicen de su ministro mientras el ministro continúa participando entusiasmado en la pelea.

Todo esto no sería más que un espectáculo desagradable si no produjera consecuencias. Pero las produce.

La ley de vivienda prometió facilitar el acceso al alquiler y no lo ha conseguido. Los precios de los nuevos contratos continuaron creciendo, mientras una parte de la oferta se desplazaba hacia el alquiler de temporada y por habitaciones. Naturalmente, no todos los problemas de la vivienda nacen de esa ley: existen una oferta insuficiente, una construcción limitada, trabas urbanísticas, concentración de la demanda y numerosos factores acumulados durante décadas. Sin embargo, resulta grotesco seguir presentando la norma como un éxito cuando no ha solucionado aquello para lo que supuestamente fue aprobada y algunas de sus medidas han contribuido a reducir todavía más la seguridad de los propietarios y la oferta disponible.

Ese es el mecanismo habitual de esta nueva forma de gobernar. Si una ley reduce condenas, la culpa es de los jueces. Si el alquiler sube, la culpa es de los propietarios. Si fracasa el diálogo social, la culpa es de la patronal. Si una medida no funciona, jamás se revisa la ideología que la inspiró: se busca un enemigo al que responsabilizar. La realidad siempre está equivocada y el ministro siempre es víctima de algún poder oscuro que le impide demostrar su indiscutible genialidad.

No es una cuestión de izquierdas o derechas. Cándido Méndez era socialista, sindicalista y adversario frontal de la reforma laboral de Báñez. Precisamente por eso sirve para demostrar la diferencia. Tenía convicciones firmes, pero no necesitaba deshumanizar a quien pensaba distinto. Podía convocar una huelga, negociar después y terminar construyendo una amistad profunda con la ministra contra cuyo Gobierno se había manifestado. Fátima Báñez tampoco tenía talento por pertenecer al Partido Popular. Lo tenía porque estudiaba los problemas, trabajaba, buscaba soluciones y comprendía que el adversario seguía siendo una persona legítima dentro de la democracia.

Irene Montero destaca en la agitación; Yolanda Díaz, en la escenografía; Óscar Puente, en la pelea. Pero agitar, posar y pelear no equivale a gobernar.

La muerte no ha convertido retrospectivamente a Fátima Báñez en una gran política. Lo que ha hecho es iluminar el contraste. Ver a Cándido Méndez visiblemente emocionado por la pérdida de quien había sido su adversaria nos ha recordado hasta qué punto hemos normalizado la mediocridad, el sectarismo y el odio como sustitutos del talento.

Hemos pasado de adversarios capaces de convertirse en amigos a compañeros de coalición que se purgan entre ellos; del diálogo al eslogan, de los acuerdos a los insultos y de políticos con vocación de servicio a personajes que utilizan el ministerio como plató, púlpito y cuenta personal de Twitter. Un país puede sobrevivir durante algún tiempo a unos malos gobernantes. Lo que no puede hacer es prosperar cuando convierte la incompetencia en superioridad moral. Líderes sin talento, países sin futuro.

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