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ABORTO: NI DERECHO NI ASESINATO


Hay palabras que no sirven para abrir un debate, sino para clausurarlo. En la discusión sobre el aborto, cada bando tiene la suya. Unos pronuncian «derecho» y parece que cualquier duda moral queda inmediatamente purificada; los otros dicen «asesinato» y consideran que ya no queda nada sobre lo que discutir. La primera palabra convierte el aborto en una conquista. La segunda convierte a la mujer en una criminal. Entre ambas consiguen resolver uno de los conflictos humanos más complejos sin dedicarle más de diez segundos.


Yo sostengo que el aborto no es un derecho, pero tampoco es un asesinato. Es una decisión grave dentro de una situación que habría sido mejor evitar; una salida que debe ser legal, segura y accesible, aunque no por ello tenga que convertirse en algo deseable, hermoso o digno de celebración.

Antes de que algún jurista se desmaye sobre la Constitución, conviene aclarar que no estoy discutiendo la denominación que pueda utilizar una ley o un tribunal. Un ordenamiento jurídico puede reconocer el derecho de una mujer a acceder a un aborto en determinadas condiciones. Mi reflexión es moral, humana y política: no todo lo que el Estado no debe prohibir se convierte por ello en un bien, del mismo modo que no toda decisión protegida necesita transformarse en una conquista colectiva.

El adulterio no debería castigarse con prisión y no por eso imprimimos camisetas celebrando el derecho a engañar a nuestra pareja. Una persona puede romper una amistad, gastar mal su herencia o rechazar una reconciliación sin que el Código Penal deba intervenir. La libertad protege también decisiones discutibles, dolorosas o equivocadas.

Un paciente puede autorizar la amputación de una pierna para salvar la vida. La operación puede ser imprescindible, pero nadie presenta la amputación como una maravillosa conquista social. Agradecemos que exista la quimioterapia sin desear necesitarla. Hay intervenciones que son buenas porque evitan algo peor, no porque sean buenas en sí mismas.

El aborto puede ser la mejor opción disponible para una mujer. Incluso puede tomarla sin dudas, sentir alivio y no arrepentirse jamás. Pero la mejor opción disponible no siempre es una opción feliz; en ocasiones, es simplemente la menos mala. Que el aborto deba permitirse no obliga a negar el conflicto que contiene.

Ahora bien, que no sea un derecho en ese sentido moral tampoco lo convierte en un asesinato. La palabra «asesinato» no es una descripción neutral: introduce de contrabando la conclusión que precisamente tendría que demostrar. Presupone que un embrión posee desde el instante de la fecundación exactamente la misma condición moral que un niño nacido y que interrumpir su desarrollo equivale a matar a ese niño. Puede creerse así, por supuesto. Lo que no puede hacerse es presentar esa creencia como una evidencia científica que solo niegan quienes desean vivir cómodamente instalados en el mal.

La ciencia puede explicar cómo se produce la fecundación, cómo se divide el cigoto, cuándo comienzan a formarse los órganos y cómo se desarrolla el sistema nervioso. Lo que no puede decidir por sí sola es en qué momento aparece una persona con exactamente los mismos derechos que alguien ya nacido. Esa pregunta no es únicamente biológica; también es filosófica, moral y política.

Después de la fecundación existe un organismo humano vivo en desarrollo. No es una piedra, una infección ni una acumulación accidental de células. Negarlo únicamente sirve para sustituir un eslogan por otro. Pero reconocer que existe vida tampoco resuelve la discusión. Un embrión de pocos días no posee cerebro, consciencia, memoria, deseos ni experiencias. Tiene el potencial de desarrollar todo eso si el embarazo continúa, y ese potencial merece consideración, pero una posibilidad no es todavía la realidad completa en la que puede convertirse.

Una semilla puede convertirse en un árbol y, sin embargo, una semilla y un árbol no son idénticos. Existe continuidad entre ambos, pero también desarrollo, transformación y tiempo. Imaginemos un incendio en una clínica de reproducción asistida. En una habitación hay un niño inconsciente; en otra, un recipiente con cien embriones congelados. Solo podemos salvar uno. Casi todos salvaríamos al niño, no porque los embriones carezcan por completo de valor, sino porque sabemos que su valor moral no es idéntico al de alguien que ya siente, sufre, piensa y mantiene relaciones con otras personas. Esa intuición no resuelve todo el debate, pero impide resolverlo simplemente gritando «asesinato».

El desarrollo importa. Interrumpir un embarazo durante sus primeras semanas no plantea exactamente el mismo conflicto que hacerlo cuando el feto se encuentra próximo a poder sobrevivir fuera del útero. Una legislación moderada puede reconocer una amplia capacidad de decisión al principio y establecer una protección progresivamente mayor conforme avanza la gestación, manteniendo excepciones para situaciones médicas graves. La frontera concreta siempre podrá discutirse, porque la naturaleza no entrega al Parlamento una semana exacta acompañada de instrucciones morales. Pero que una frontera sea imperfecta no significa que todas las etapas sean iguales.

También importa algo que la comparación con el asesinato suele olvidar: el embarazo sucede dentro del cuerpo de otra persona. El embrión no se desarrolla en una habitación desocupada ni en una incubadora pública. Durante meses depende por completo del organismo de una mujer. El embarazo transforma su cuerpo, altera su metabolismo, comporta riesgos médicos y termina, si todo va bien, en un parto.

Las excepciones por violación revelan, además, una contradicción interesante. Muchas personas que llaman asesinato al aborto aceptan que se permita cuando el embarazo procede de una violación. La compasión es comprensible; la lógica, bastante menos. Si abortar fuese exactamente igual que asesinar a un niño, la forma en que fue concebido no modificaría su derecho a vivir. Nadie defendería la muerte de un niño nacido por el delito cometido por su padre. Aceptar esa excepción significa reconocer que también importan la libertad, el sufrimiento y las circunstancias de la mujer. En cuanto admitimos eso, la equivalencia absoluta con el asesinato comienza a desmoronarse.

Que el aborto no sea un asesinato no significa que carezca de dimensión moral. En él se interrumpe una vida humana en desarrollo y desaparece un futuro posible. Puede existir una pérdida, tristeza o duelo; también puede haber alivio, seguridad y la convicción de haber tomado la decisión correcta. Incluso pueden convivir todas esas emociones sin que ninguna anule a las demás.

Un drama no es necesariamente un trauma. Cuando hablo de drama me refiero a una situación en la que cualquier camino puede tener un coste, no a una condena psicológica que todas las mujeres estén obligadas a representar. Algunas sufrirán y otras no. Algunas recordarán la decisión toda su vida y otras apenas pensarán en ella. Una mujer puede estar convencida de que hizo lo correcto y desear, al mismo tiempo, no haber tenido que hacerlo. No necesita convertirse en una pecadora atormentada para satisfacer a la derecha ni en una heroína sonriente para satisfacer a la izquierda. Puede limitarse a ser una persona que tomó una decisión difícil.

Esa decisión no debería prohibirse. Prohibir el aborto no elimina los embarazos no deseados, la pobreza, la violencia sexual, el abandono de la pareja, los problemas de salud ni la certeza de no querer ser madre. Solo modifica las condiciones en las que se aborta. La mujer con dinero puede viajar; la mujer sin dinero compra riesgo. El Código Penal nunca ha sido un anticonceptivo especialmente eficaz.

Una sociedad adulta no legisla únicamente para el mundo que desearía tener. También debe responder al mundo que existe, y en ese mundo hay mujeres que abortarán incluso cuando la ley se lo prohíba. La clandestinidad no convierte su decisión en más moral: únicamente la vuelve más peligrosa, más desigual y más cruel. Por eso el aborto debe ser legal, seguro y accesible. No porque sea una fiesta, una victoria o un método anticonceptivo, sino precisamente porque no lo es.

Resulta llamativo que algunos defensores de la vida pierdan buena parte de su entusiasmo en cuanto el niño nace y empieza a necesitar pediatra, comedor escolar y una casa. También resulta extraño que algunos defensores del aborto interpreten cualquier deseo de reducir su número como una agresión contra las mujeres. Unos parecen interesados en que nazca el mayor número posible de niños, aunque después nadie se ocupe de ellos; otros temen que reconocer cualquier dimensión dolorosa del aborto suponga entregar la batalla al adversario. Ambos extremos prefieren la pureza del eslogan a la complejidad de las personas.

Una sociedad razonable no debería aspirar a practicar más abortos ni a encarcelar a más mujeres por abortar. Debería aspirar a que hubiera menos embarazos no deseados.

El padre puede tener sentimientos, responsabilidades y una opinión. Cuando exista una relación segura y respetuosa, sería deseable que una decisión tan importante pudiera hablarse. La mayoría de las personas piensan que eso no significa concederle un derecho de veto porque el embarazo ocurre en el cuerpo de una sola persona. ¿La decisión final debe pertenecer únicamente a quien tendrá que gestar, parir y asumir los riesgos físicos del embarazo? No tengo una posición clara. Si el embarazo es fruto de una relación estable me surgen dudas razonables al respecto. La biología no ha distribuido por igual las cargas de la reproducción y ninguna ley puede corregir completamente esa desigualdad. Pero, dejar fuera al padre automáticamente, solo por no poder gestar él, no parece justo.

El aborto no es un derecho entendido como un bien moral, una aspiración o una conquista que deba celebrarse. Es una realidad, una decisión y una salida; en ocasiones, un mal necesario.

No todo lo que debe ser legal es deseable. No todo conflicto moral serio debe resolverse mediante el Código Penal. No toda vida humana en desarrollo posee desde el primer instante exactamente la misma condición que una persona nacida. Y no toda mujer que decide abortar necesita nuestra absolución, nuestra condena ni una camiseta que le explique lo que debería sentir. Necesita información, seguridad, alternativas, apoyo y libertad para decidir.

Las sociedades civilizadas no son aquellas que consiguen prohibir todos los dramas, sino las que intentan prevenirlos, protegen a quienes deben atravesarlos y se resisten a convertirlos en propaganda.

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