Hay una especie humana que no puede escuchar una expresión conocida sin experimentar el deseo irresistible de corregirla.
—Al final el restaurante se ha hecho famoso por el boca a boca.
—Bueno, en realidad es «boca a oreja».
Gracias.
Menos mal.
Toda una vida hablando español y nadie nos había explicado todavía que escuchamos por las orejas.
El problema de algunas correcciones modernas no es que aporten una alternativa. El idioma está lleno de alternativas y eso suele ser una riqueza. El problema empieza cuando alguien descubre una forma nueva, más sofisticada o simplemente distinta y decide retrospectivamente que la que llevamos utilizando toda la vida estaba mal.
Y con el «boca a oreja» sucede algo especialmente divertido: la corrección pretende ser más lógica que aquello que corrige.
El razonamiento parece impecable. Si una persona habla y otra escucha, el mensaje sale de la boca del primero y llega a la oreja del segundo. Por tanto, no sería «boca a boca», sino «boca a oreja».
Hasta ahí, nada especialmente absurdo.
Salvo porque «boca a boca» nunca pretendió ser una descripción anatómica del proceso auditivo.
La expresión describe una cadena de transmisión.
Una persona cuenta algo. La siguiente lo cuenta. La siguiente vuelve a contarlo. Una boca transmite una información que después vuelve a salir por otra boca, y de esa boca pasa a otra, y así sucesivamente.
De boca en boca.
Resulta difícil imaginar una representación más sencilla del fenómeno.
«Boca a oreja», en cambio, describe bastante bien una sola etapa: yo hablo y tú escuchas. Y esto no es únicamente una ocurrencia semántica. FundéuRAE, que considera válidas ambas expresiones, explica precisamente que en «boca a boca» aparece la idea de un flujo constante en el que cada persona transmite la información a otra y esta vuelve a transmitirla, mientras que en «boca a oreja» predomina la idea del acto comunicativo entre quien cuenta y quien escucha.
Es decir, podemos decir «boca a oreja».
Perfectamente.
Lo que resulta bastante más difícil de justificar es ponerse las gafas imaginarias de lingüista, levantar ligeramente la ceja y corregir a quien ha dicho «boca a boca».
Porque no estaba equivocado.
De hecho, si lo que pretende explicar es cómo se extiende un rumor, una recomendación o la fama de un restaurante, «boca a boca» posee una lógica magnífica.
Boca.
Boca.
Boca.
Boca.
Cada una representa una nueva persona que ha recibido la información y la vuelve a transmitir.
El «boca a oreja», si queremos aplicar a las expresiones el mismo literalismo con el que algunos pretenden corregirlas, tiene un pequeño problema.
Boca - oreja.
Fin.
La información ha llegado estupendamente al segundo individuo. Enhorabuena. Pero ahí termina nuestro sofisticado sistema de propagación.
Para que continuara tendríamos que llamarlo:
Boca - oreja - boca - oreja - boca - oreja - boca.
Aunque tampoco sería suficientemente exacto.
Porque la oreja no agarra una frase y se la entrega directamente a la boca como quien pasa una carpeta en una oficina. Entre medias ocurren unas cuantas cosas. El sonido debe llegar al sistema auditivo, convertirse en señales nerviosas, ser procesado por el cerebro y, si el individuo decide transmitir aquello que acaba de escuchar, deberá construir su propia respuesta y utilizar su aparato fonador para producir nuevos sonidos.
De manera que todavía podemos mejorar la expresión.
«Boca a oreja a sistema auditivo a cerebro a aparato fonador a boca a oreja».
Mucho más preciso.
Y completamente idiota.
Porque las expresiones no funcionan así.
Cuando decimos que una noticia «corre como la pólvora», nadie interrumpe para explicar que las noticias carecen de piernas y que, además, la pólvora no corre. Cuando alguien «tira la casa por la ventana», confiamos en que no haya contratado una grúa. Si afirmamos que una persona «se ha quedado de piedra», no llamamos al Instituto Geológico y Minero.
El lenguaje funciona porque somos capaces de abstraer.
Entendemos una idea sin exigir que cada una de las palabras describa físicamente todos los procesos que ocurren en la realidad.
Por eso resulta fascinante esa modalidad contemporánea de pedantería lingüística que consiste en desmontar una expresión perfectamente comprensible, buscarle una supuesta imprecisión literal y reconstruirla de manera que parezca más lógica.
El procedimiento concede además una pequeña recompensa psicológica.
Durante unos segundos, uno sabe algo que el otro aparentemente no sabe.
—No es «boca a boca». Es «boca a oreja».
No importa demasiado que la primera expresión sea tradicional, mayoritaria y completamente válida. FundéuRAE la considera precisamente la forma preferible cuando hablamos de transmisión oral, aunque acepte también «boca a oreja».
Lo importante es haber corregido.
Hay correcciones que mejoran el lenguaje. Confundir «infligir» con «infringir» puede cambiar el sentido de una frase. Una coma mal situada puede provocar una ambigüedad. Utilizar una palabra creyendo que significa justamente lo contrario de lo que significa merece que alguien nos avise.
Corregir puede ser útil.
Pero existe otra clase de corrección cuyo principal producto no es la claridad.
Es el corrector.
Su función consiste en dejar constancia de que él conoce una expresión que considera más precisa, más actual o más elegante que la tuya.
Y quizá ahí se encuentre una de nuestras pequeñas chorradas contemporáneas: pensar que cualquier innovación lingüística es necesariamente una mejora y que conocerla nos concede el derecho de corregir hacia atrás todo lo que ya funcionaba perfectamente.
Porque el idioma cambia. Naturalmente.
Aparecen palabras, desaparecen otras, las expresiones modifican su significado y algunas variantes terminan desplazando a las anteriores. Nada especialmente preocupante. Pretender congelar una lengua probablemente sea tan absurdo como intentar impedir que cambien las ciudades, la música o la manera de vestir.
Pero una cosa es que el idioma evolucione y otra muy distinta que cada novedad necesite inventarse un error anterior para justificar su existencia.
«Boca a oreja» puede convivir tranquilamente con «boca a boca».
No hace falta declarar vencedor a nadie.
Si alguien quiere decir que una campaña funciona gracias al «boca a oreja», adelante. Se entiende perfectamente y la expresión está admitida. Si otro dice que un libro se ha vendido gracias al «boca a boca», también está hablando correctamente. Y si una tercera persona afirma que la noticia corrió «de boca en boca», tampoco necesita ser rescatada de su ignorancia: esta última locución es igualmente válida para expresar la divulgación de una información.
La chorrada aparece en el momento en que alguien oye una de esas expresiones y siente la obligación de decir:
—No, no. Se dice «boca a oreja».
No.
También se dice así.
Que es bastante diferente.
Y, puestos a escoger cuál representa mejor una cadena de personas transmitiendo una información, sigo teniendo cierta simpatía por aquella expresión tan antigua, imperfecta y aparentemente necesitada de modernización en la que una boca recibe simbólicamente el testigo de otra boca y después se lo entrega a la siguiente.
Porque el oído permite que yo escuche lo que me cuentas.
Pero es mi boca la que hace que la historia continúe.
Así que puedes llamarlo «boca a oreja».
Puedes llamarlo «boca a boca».
Puedes decir que algo corre «de boca en boca».
Lo único verdaderamente innecesario es aprovechar la conversación para demostrarle al que tienes delante que tú sabes cómo debería hablar.
Especialmente cuando acabas de corregir una expresión que era correcta.
Eso sí que se transmite con extraordinaria facilidad.
De pedante en pedante.




