La apropiación cultural es un concepto utilizado para describir la adopción, por parte de una persona o un grupo, de elementos pertenecientes a otra cultura, como prendas, peinados, músicas, recetas, símbolos o prácticas tradicionales. Suele hablarse de ella especialmente cuando existe una desigualdad de poder entre la cultura de origen y la que incorpora esos elementos. Un ejemplo conocido es el de Rosalía, acusada por algunos sectores de apropiarse del flamenco y de determinados elementos de las culturas andaluza y gitana sin ser andaluza ni pertenecer al pueblo gitano.
Las expresiones culturales no tienen propietario. No vienen acompañadas de una escritura notarial que determine quién puede cocinar una receta, interpretar un tipo de música, aprender una danza, utilizar una prenda o llevar un determinado peinado. La cultura es transmisión, imitación, adaptación, mezcla y préstamo. Precisamente por eso existe. Si cada pueblo hubiera conservado sus costumbres dentro de una urna, evitando cualquier influencia exterior, hoy no tendríamos culturas más puras, sino culturas mucho más pobres. Naturalmente, detrás del concepto de «apropiación cultural» existe una preocupación razonable. Una tradición puede ser ridiculizada, vaciada de significado o utilizada comercialmente sin reconocer a quienes la crearon.
Hasta ahí, nada especialmente absurdo. La chorrada comienza cuando se confunde el respeto con la propiedad exclusiva.
Según esa lógica, una persona debería solicitar una especie de permiso colectivo antes de cocinar sushi, practicar yoga, tocar flamenco, vestir un kimono, llevar rastas, bailar salsa o preparar tacos. El problema es que nadie sabe quién podría conceder esa autorización. Las culturas no son empresas con un director general ni comunidades unánimes capaces de emitir licencias.
¿A quién pertenece el flamenco? ¿A todos los españoles? ¿Solo a los andaluces? ¿A los gitanos? ¿A quienes han dedicado años a estudiarlo? ¿Puede cantarlo un japonés que lo haya estudiado y conozca su historia mejor que la mayoría de los españoles? ¿Puede un sevillano tocar jazz? ¿Debe un cocinero peruano pedir permiso para preparar una paella?
Casi ninguna tradición es tan pura como parece. Las culturas han pasado siglos copiándose, mezclándose y transformándose. Los alimentos cruzan continentes, los instrumentos cambian de manos, las palabras viajan entre idiomas y las religiones absorben ritos anteriores. Muchas cosas que hoy consideramos profundamente nacionales nacieron de combinaciones, préstamos e influencias extranjeras.
Hay, además, una contradicción curiosa. Se defiende la igualdad, el entendimiento entre los pueblos y el mestizaje; pero, al mismo tiempo, se vigila que cada persona permanezca dentro del repertorio cultural asignado a su origen. Se pretende derribar fronteras entre los seres humanos mientras se levantan aduanas alrededor de la cultura.
Eso no es convivencia multicultural. Es segregación con vocabulario progresista.
Si una persona aprende, admira, cocina, interpreta, adapta o mezcla algo procedente de otra cultura, quizá no lo esté robando. Quizá esté haciendo exactamente lo que la humanidad ha hecho desde que dos clanes diferentes se encontraron por primera vez.
La cultura solo se empobrece de verdad cuando deja de circular, de fusionarse y de expandirse hacia nuevos horizontes.




