Lenguaje, identidad y representación #Corrección política#Identidad

EL ACTOR QUE DEBE COINCIDIR CON SU PERSONAJE


Una de las ideas asociadas a la llamada «representación auténtica» defiende que los personajes pertenecientes a determinados colectivos deberían ser interpretados, siempre que sea posible, por actores que compartan esa misma identidad o experiencia: actores homosexuales interpretando a personajes homosexuales, actores con discapacidad interpretando a personajes con discapacidad o actores de un determinado origen representando a personajes de ese mismo origen.


La idea contiene una parte razonable. Durante mucho tiempo, algunos colectivos apenas tuvieron acceso a determinados papeles, incluso cuando las películas contaban sus propias historias. Un actor con discapacidad podía ser descartado mientras otro simulaba esa misma discapacidad y recibía elogios por su transformación. Algunos personajes homosexuales, extranjeros o pertenecientes a minorías se construían mediante caricaturas, sin contar con intérpretes, guionistas o asesores que conocieran de cerca esa realidad.

También es comprensible pedir oportunidades. Si una industria afirma querer contar historias diversas, resulta extraño que la diversidad desaparezca justo en el momento de contratar a quienes van a interpretarlas.

Hasta ahí, nada especialmente absurdo.

La chorrada comienza cuando una preferencia razonable se transforma en una regla moral absoluta: cada personaje debe ser interpretado por un actor cuya biografía coincida con la del papel y, si no, las redes sociales arden como hogueras en tiempos de la Inquisición.

Porque entonces actuar deja de consistir en representar a alguien distinto y empieza a parecerse a presentar el documento de identidad antes de cada audición.

Un actor heterosexual puede interpretar a un personaje homosexual, del mismo modo que un actor homosexual puede interpretar a uno heterosexual. Un republicano puede encarnar a un monárquico; un ateo, a un sacerdote; una persona pacífica, a un asesino; y alguien amable, a un miserable.

Eso es precisamente actuar.

Si exigiéramos coincidencia completa, habría que continuar haciendo preguntas. ¿Puede un actor rico interpretar a un trabajador pobre? ¿Una persona sin hijos puede representar a un padre? ¿Un actor español puede hacer de argentino? ¿Alguien que nunca ha estado en prisión puede interpretar a un preso? ¿Un intérprete sano puede encarnar a un enfermo? ¿Y uno enfermo solo podría interpretar personajes con su misma enfermedad?

Además, las identidades no son compartimentos sencillos. Dos personas homosexuales pueden tener vidas completamente distintas. Compartir orientación sexual no garantiza comprender la personalidad, la educación, la época o las experiencias de un personaje. Una mujer no conoce automáticamente a todas las mujeres, del mismo modo que un hombre no lleva incorporado el manual completo de la masculinidad.

La coincidencia biográfica tampoco garantiza una buena interpretación. Un actor puede pertenecer al mismo colectivo que el personaje y hacerlo fatal. Otro puede no compartir esa identidad y estudiarlo con respeto, inteligencia y profundidad.

El talento no viene incluido en el certificado de pertenencia.

Existe, además, un problema bastante incómodo: para aplicar esta norma y permitir que el público comprobara su cumplimiento, habría que exigir información privada y hacerla pública. Un actor que aspirase a interpretar a un personaje trans tendría que anunciar que también es trans. Quien interpretara a un personaje con una enfermedad mental tendría que exhibir su diagnóstico. La búsqueda de autenticidad podría terminar convirtiendo la vida privada de los intérpretes en un expediente público sobre orientación sexual, identidad de género, salud, origen familiar o experiencias traumáticas.

En nombre de la inclusión, obligaríamos a la gente a revelar aquello que quizá desea mantener en su intimidad.

No todos los casos son idénticos. Hay discapacidades físicas cuya representación puede requerir decisiones específicas, y contratar a actores que realmente viven con ellas ayuda a corregir barreras históricas y aporta una experiencia difícil de imitar. También hay personajes estrechamente ligados a una cultura o lengua cuya interpretación exige conocimientos reales. Todo eso puede valorarse sin convertirlo en una policía biográfica.

La pregunta sensata no debería ser únicamente «¿El actor pertenece al mismo colectivo?». También habría que preguntar: «¿Puede interpretar bien al personaje? ¿Se ha documentado? ¿La obra lo trata con respeto? ¿Se han ofrecido oportunidades reales a intérpretes de ese colectivo?».

La representación importa. Las oportunidades importan. La autenticidad puede enriquecer una película.

Pero ninguna de esas cosas obliga a reducir a los actores a su identidad ni a los personajes a una ficha sociológica. De hacerlo, solo estaríamos construyendo una jaula más inclusiva.

El propósito de la interpretación no es que el actor coincida con el personaje.

Es conseguir que, durante un rato, creamos que lo hace.

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