Los estereotipos de género son ideas preconcebidas sobre cómo deberían vestir, jugar, comportarse o vivir las personas según sean hombres o mujeres. En la infancia aparecen, por ejemplo, cuando se asocian el rosa, las muñecas y las princesas con las niñas, mientras que el azul, los coches y los superhéroes se reservan para los niños.
La preocupación contiene una parte razonable. Durante mucho tiempo, a los niños y a las niñas no solo se les ofrecían juguetes o prendas diferentes: también se les transmitían expectativas distintas. Ellas debían ser bonitas, cuidadoras, delicadas y obedientes. Ellos, fuertes, valientes, competitivos y poco emocionales.
No hay nada absurdo en procurar que una niña pueda jugar al fútbol, construir una nave espacial o disfrazarse de pirata. Tampoco en permitir que un niño pueda cuidar una muñeca, bailar, llorar o interesarse por actividades tradicionalmente consideradas femeninas.
Ampliar las posibilidades es una forma de libertad.
Hasta ahí, nada especialmente absurdo.
La chorrada comienza cuando combatir un estereotipo significa prohibir o despreciar todo lo que coincide con él.
Entonces, regalar algo rosa a una niña deja de ser una elección estética y empieza a parecer un intento de introducir el patriarcado dentro de su cuna.
Como si un body rosa pudiera convertirla en una mujer sumisa.
Como si una muñeca le impidiera estudiar ingeniería.
Como si ver una película de princesas determinara su futura relación con los hombres.
Naturalmente, los juguetes y los modelos influyen. Pero influir no significa programar. La personalidad de una niña no queda decidida por el color de un pijama, del mismo modo que la de un niño no queda fijada para siempre porque le regalen un camión.
Los seres humanos son algo más difíciles de programar que una lavadora.
La contradicción aparece cuando se defiende que los niños deben elegir libremente, pero solo se considera libre la elección que contradice el estereotipo.
Si una niña quiere jugar con coches, está rompiendo barreras.
Si prefiere las muñecas, quizá haya sido condicionada.
Si no quiere llevar vestidos, demuestra personalidad.
Si le encantan las princesas, alguien sospecha que todavía no ha descubierto sus verdaderos intereses.
La niña emancipada debe elegir libremente, siempre que elija aquello que el adulto progresista esperaba que eligiera.
Pero la libertad no consiste en impedir que una niña vista de rosa.
Consiste en que pueda vestir de rosa, azul, negro o verde sin que nadie deduzca de ello cómo debe pensar, trabajar, amar o vivir.
Lo mismo ocurre en la dirección contraria. Algunos padres tradicionales aceptan encantados que su hijo juegue con coches, al fútbol o con pistolas de juguete, pero se alarman si pide una muñeca, una cocina o una camiseta rosa.
En ambos casos, el problema es el mismo.
No se acompaña la elección del niño.
Se vigila que elija correctamente.
La ropa muestra aún mejor la incoherencia. Se repite que las prendas no tienen género y, en teoría, una falda no debería considerarse más femenina que unos pantalones, ni estos más masculinos que aquella.
Sin embargo, la sociedad ha normalizado con bastante facilidad que una mujer lleve pantalones, traje, corbata, botas militares, camisas anchas o el pelo muy corto. Puede resultar moderna, elegante, atractiva o simplemente normal.
El recorrido contrario sigue siendo mucho más complicado.
Un hombre que aparezca en una oficina con falda, medias, tacones, bolso y una blusa diseñada para mujeres probablemente reciba miradas, bromas y preguntas sobre su sexualidad. Y no solo de personas conservadoras.
Muchas personas que aseguran haber superado los estereotipos tampoco elegirían a ese hombre como pareja ni reaccionarían con absoluta naturalidad si quien vistiera así fuera su propio hijo.
Hemos aceptado que una mujer incorpore elementos masculinos porque lo masculino todavía puede elevar su estatus: transmite autoridad, seguridad o independencia.
Pero un hombre que adopta elementos femeninos puede ser percibido como ridículo, débil o menos atractivo.
Eso revela una contradicción incómoda.
Decimos que lo femenino vale tanto como lo masculino, pero seguimos considerando degradante que un hombre se acerque demasiado a lo femenino.
La niña con pantalones ha conquistado una libertad.
El niño con vestido continúa siendo un experimento social.
También conviene evitar la exageración contraria. Que un niño y una niña muestren preferencias diferentes no demuestra automáticamente que todo proceda de la biología. Pero tampoco es necesario afirmar que cualquier diferencia ha sido fabricada por la publicidad, los padres o el patriarcado.
Las preferencias pueden proceder de una mezcla difícil de separar: temperamento, imitación, educación, entorno, identificación con otros niños y gustos personales.
No hace falta resolver toda la discusión sobre naturaleza y cultura antes de comprar un regalo de cumpleaños.
Podemos ofrecer variedad sin convertir cada juguete en una declaración ideológica.
Podemos regalar una muñeca y también un juego de construcción.
Podemos dejar que una niña quiera ser astronauta y princesa durante la misma tarde.
Podemos aceptar que un niño juegue al fútbol y cuide con cariño de un muñeco sin elaborar un informe sobre su identidad futura.
La infancia debería ser un espacio para probar cosas, no un laboratorio en el que cada elección se interprete como síntoma de opresión o resistencia.
Un juguete puede enseñar, influir y despertar intereses.
Pero no redacta el destino de quien lo recibe.
La lucha contra los estereotipos tiene sentido cuando abre posib




