Hace unos años, a España llegaban inmigrantes. Ahora uno enciende el telediario y parece que han desaparecido. Ya casi todos son migrantes: llegan migrantes a Canarias, se rescata a migrantes en el Mediterráneo, se atiende a migrantes en los centros de acogida y se regulariza a migrantes que llevan años viviendo en España. La inmigración, curiosamente, continúa existiendo, pero el inmigrante parece haberse convertido en una criatura lingüística algo incómoda.
No hay nada incorrecto en la palabra «migrante». Al contrario: es útil precisamente porque es amplia. Una persona que abandona un país y se desplaza hacia otro está migrando, y muchas veces todavía desconocemos dónde piensa establecerse. Imaginemos a un hombre que sale de Marruecos, entra en España y pretende continuar hasta Francia para vivir allí. Desde la perspectiva marroquí, es un emigrante; durante su recorrido podemos describirlo perfectamente como migrante y, si queremos ser más precisos, como migrante en tránsito por España. Cuando llegue a Francia con intención de establecerse allí será, desde la perspectiva francesa, inmigrante.
Hasta ahí, nada especialmente absurdo.
El problema comienza cuando hacemos exactamente la misma descripción cambiando únicamente el final de la historia. Supongamos que ese hombre cruza el Estrecho porque quiere instalarse en Madrid, trabajar aquí, alquilar una vivienda aquí y construir aquí su vida. Entonces, desde el punto de vista español, estamos ante un inmigrante. También es migrante, naturalmente, porque ha realizado una migración, pero «inmigrante» añade una información que la palabra general no contiene: España no es simplemente una etapa del viaje, sino el lugar al que ha venido para establecerse.
No parece una distinción especialmente complicada y, sin embargo, hemos conseguido convertirla en algo casi ideológico.
—Han llegado trescientos inmigrantes.
—Migrantes.
Ah.
Perdón.
No vaya a ser que la dirección del movimiento resulte políticamente incorrecta.
Hay una explicación perfectamente razonable para utilizar «migrante» cuando una persona acaba de entrar en España y desconocemos sus intenciones. No sabemos si pretende quedarse, continuar hacia Francia, reunirse con familiares en Alemania o decidirlo más adelante. En esos casos, utilizar el término más general evita atribuirle un destino que no conocemos. Es una precaución lingüística sensata.
Lo extraño es convertir esa precaución en una costumbre que sobrevive incluso cuando ya sabemos dónde vive la persona.
Porque entonces surge una pregunta bastante elemental: ¿por qué debemos tener tanto cuidado de no presuponer que alguien viene a España para quedarse y tan pocos reparos en emplear una palabra que deja permanentemente abierta la posibilidad de que España sea simplemente un lugar de paso?
Si no conocemos su destino, digamos «migrante». Perfecto. Pero si una persona vino hace cinco años, trabaja en Madrid, sus hijos estudian aquí y está intentando regularizar su residencia para seguir viviendo en España, quizá podamos arriesgarnos a sospechar que no está atravesando nuestro país camino de Lyon.
Es inmigrante.
Y no pasa absolutamente nada.
La palabra no contiene ninguna valoración moral. No significa delincuente, pobre, ilegal, inculto ni peligroso. Un neurocirujano argentino que se instala en Barcelona es inmigrante; también lo son una empresaria estadounidense que abre una empresa en Málaga, un camarero marroquí en Madrid o una profesora colombiana en Valencia. «Inmigrante» no explica qué clase de persona es alguien. Explica desde qué perspectiva estamos describiendo un movimiento de población.
Precisamente por eso existen palabras distintas.
Un español que abandona Madrid para establecerse en Berlín es emigrante desde la perspectiva española e inmigrante desde la alemana. Podemos llamarlo migrante europeo y no estaremos diciendo ninguna falsedad, pero habremos eliminado una parte relevante de la información. Si mañana se marcharan de España dos millones de jóvenes, resultaría bastante peculiar que el telediario anunciara que «dos millones de migrantes españoles participan en procesos de movilidad internacional». Sería una frase impecable, moderna y extraordinariamente poco informativa.
Probablemente preferiríamos que nos dijeran que dos millones de españoles han emigrado.
Porque entenderíamos inmediatamente lo que está ocurriendo.
Lo mismo sucede en sentido contrario. Si llegan cientos de miles de personas para establecerse en España, estamos hablando de inmigración. Podemos considerar que esa inmigración es necesaria, beneficiosa, excesiva, insuficiente o está mal gestionada; podemos discutir sobre integración, empleo, vivienda, servicios públicos, fronteras o regularizaciones. Son debates distintos. Pero cuesta comprender por qué, para mantenerlos con educación, necesitamos empezar eliminando precisamente la palabra que describe el fenómeno.
Aquí aparece una de esas pequeñas manías contemporáneas que me resultan fascinantes: confundir una palabra más genérica con una palabra necesariamente mejor.
«Migrante» parece más neutral porque no coloca la cámara en ningún extremo concreto del viaje. Observamos a una persona desplazándose por el mapa y evitamos decidir si la contemplamos desde el país que abandona o desde aquel al que llega. Esa neutralidad puede ser útil, pero tiene un precio evidente: cuanto más general es una palabra, menos información proporciona.
Un cardiólogo es médico. Una ballena es mamífero. Un violín es instrumento. Un inmigrante es migrante.
Podemos sustituir siempre la categoría específica por la general y no cometeremos necesariamente un error. Lo que no está tan claro es que hayamos mejorado el lenguaje.
Si alguien entra en un restaurante y dice «me ha atendido un ser humano», la afirmación probablemente será correcta. Pero quizá «camarero» nos permita comprender un poco mejor la escena.
Con «migrante» ocurre algo parecido. A veces es exactamente la palabra que necesitamos y otras veces se utiliza como una especie de detergente terminológico destinado a limpiar otra palabra que ha adquirido connotaciones desagradables. Es comprensible que ocurra. «Inmigrante» se ha pronunciado demasiadas veces acompañada de prejuicios, sospechas y generalizaciones, y quizá por eso algunas instituciones, medios y personas prefieren una denominación que perciben como menos cargada.
La intención puede ser buena. El procedimiento es más discutible.
Porque si una sociedad desprecia a un grupo humano, cambiar el sustantivo rara vez elimina el desprecio. Normalmente lo traslada al sustantivo nuevo. Durante un tiempo, la nueva palabra parece limpia, moderna y respetuosa; después, alguien empieza a utilizarla de forma peyorativa, acumula las mismas connotaciones y debemos buscar otra.
Hoy «migrante» puede sonar más cuidadoso que «inmigrante». Si mañana quien desprecia al extranjero empieza a hablar despectivamente de «los migrantes», tendremos que sustituirla también. Quizá aparezca entonces «persona en situación de movilidad humana», una expresión suficientemente larga como para mantener alejados a los xenófobos durante un par de semanas.
Después volveremos a empezar.
Tal vez resulte más eficaz enseñar que ser inmigrante no tiene nada de malo.
España fue durante largos periodos un país de emigrantes y después se convirtió también en un país receptor de inmigración. Millones de familias tienen una historia de alguien que se marchó, alguien que llegó o ambas cosas. No parece que necesitemos ocultar ninguna de las dos direcciones para respetar a quienes las recorren.
Otra cosa sería utilizar «inmigrante» como sinónimo de «persona que acaba de cruzar una frontera de manera irregular». Eso también sería impreciso. El inmigrante puede haber llegado en avión con un contrato de trabajo, estar estudiando un máster, tener residencia legal desde el primer día o llevar veinte años nacionalizado. Del mismo modo, no toda persona que entra en España es necesariamente inmigrante: un turista no lo es; alguien que se encuentra de paso, tampoco; y una persona cuyo verdadero destino está en otro país puede ser descrita mucho mejor como migrante en tránsito.
La solución al problema, por tanto, no consiste en utilizar siempre «inmigrante».
Consiste en utilizar las palabras según lo que sabemos.
Quizá resulte una propuesta demasiado revolucionaria.
Si desconocemos dónde pretende establecerse alguien, «migrante» es una opción excelente. Si sabemos que atraviesa España camino de otro país, «migrante en tránsito» resulta todavía más claro. Si abandona España para instalarse fuera, hablamos de un emigrante. Y si llega desde otro país para establecer su vida aquí, «inmigrante» describe perfectamente la situación.
El castellano ya contaba con palabras para todo eso antes de que descubriéramos la necesidad de corregirlo.
Lo verdaderamente curioso es que la sensibilidad lingüística contemporánea pueda terminar produciendo justamente aquello que supuestamente pretende evitar: menos precisión. Evitamos una palabra porque creemos que puede resultar incómoda y la sustituimos sistemáticamente por otra que engloba situaciones distintas. Así, una persona que desembarca hoy sin saber todavía dónde terminará, otra que cruza España para reunirse con su familia en Francia y otra que lleva doce años viviendo en Sevilla pueden acabar convertidas en la misma cosa: «migrantes».
Correcto.
Pero bastante poco informativo.
Y quizá ahí resida el problema de buena parte del lenguaje políticamente higienizado. No suele mentir. Simplemente difumina. Sustituye una palabra concreta por otra más amplia, una realidad nítida por una formulación menos comprometida y después presenta esa pérdida de información como una mejora moral.
No necesitamos hacer eso.
Podemos defender la dignidad de los inmigrantes llamándolos inmigrantes. Podemos exigir que sean tratados como personas sin fingir que no sabemos si han venido para quedarse. Podemos considerar positiva la inmigración y seguir utilizando la palabra «inmigración». De hecho, probablemente sea mucho más sano: una sociedad adulta debería ser capaz de discutir sobre un fenómeno sin tener que cambiarle previamente el nombre para evitar que alguien se sienta incómodo.
Así que la próxima vez que el telediario hable de «migrantes que llegan a España» no habrá necesariamente nada incorrecto. Puede que desconozcamos su destino y sea la palabra perfecta.
Pero también podemos hacernos una pregunta muy sencilla:
¿Están pasando por España o están viniendo a vivir a España?
Porque, si sabemos que es lo segundo, existe una palabra perfectamente normal, precisa y castellana desde hace mucho tiempo.
«Inmigrantes».
Se puede decir.
De verdad.
No ocurre nada.




